Al principio pensé que no estaba haciendo absolutamente nada.
Entonces ocurrió algo extraño.
Comencé a sentir un calor muy intenso justo donde tenía el dolor.
No era un calor normal.
Era como si alguien hubiera colocado una bolsa de agua caliente pegada a mi espalda.
Ese calor empezó a desplazarse lentamente.
Subió hacia el hombro.
Después al cuello.
Y finalmente recorrió todo el lado izquierdo de mi cuerpo.
Nunca sentí dolor.
Solo una sensación muy intensa de calor.
Mientras tanto, la señora apenas hablaba.
De vez en cuando pronunciaba una oración en voz tan baja que apenas lograba escuchar algunas palabras.
No entendía lo que decía.
Pero transmitía mucha tranquilidad.
Después de unos minutos dejó de rezar.
El calor comenzó a desaparecer poco a poco.
Entonces dijo:
—Ya puedes levantarte.
Pero hazlo despacio.
Abrí los ojos.
Me levanté con cuidado.
Esperando sentir el mismo dolor de siempre.
No ocurrió.
Moví un hombro.
Después el otro.
Me incliné hacia adelante.
Volví a enderezarme.
Me agaché casi hasta tocar el piso.
El dolor prácticamente había desaparecido.
No podía creerlo.
Llevaba semanas sin poder hacer esos movimientos.
La señora simplemente sonrió.
—Ve con calma.
Y sigue cuidando tu espalda.
No dijo que estaba curado.
No habló de milagros.
Ni me pidió que dejara las medicinas.
Solo me recomendó descansar unos días y no cargar cosas pesadas.
Mi mamá dejó discretamente un sobre sobre la mesa.
Nos despedimos.
Y regresamos a casa.
Durante el camino no dejaba de mover los hombros.
De doblarme.
De probar movimientos que antes me hacían sufrir.
Mi mamá sonreía.
—¿Cómo te sientes?
Respondí casi sin querer darle importancia.
—Seguramente fue coincidencia.
Ella soltó una pequeña risa.
—Tal vez.
Lo curioso fue que aquella mejoría no desapareció.
Con las medicinas siempre ocurría lo mismo.
Pasaban unas horas.
Y el dolor regresaba.
Esta vez no.
Pasó un día.
Después una semana.
Luego un mes.
Y la molestia nunca volvió.
Hasta hoy sigo sin saber qué ocurrió realmente.
Nunca regresé con aquella señora.
No porque hubiera quedado decepcionado.
Al contrario.
Simplemente pensé que no debía convertir aquello en una solución para todo.
Sigo creyendo en los médicos.
Cada vez que tengo un problema de salud, voy al hospital.
Porque entiendo que cada cosa tiene su lugar.
Pero también aprendí algo ese día.
No todo lo que uno no entiende significa que sea mentira.
A veces simplemente hay experiencias que no sabemos explicar.
Con los años he contado esta historia muchas veces.
Siempre aparece alguien que dice que seguramente fue un efecto psicológico.
Otros aseguran que fue pura casualidad.
Hay quienes hablan de energía.
Otros de fe.
Y algunos dicen que personas así reciben un don especial de Dios para ayudar a los demás.
La verdad…
No sé cuál explicación sea la correcta.
Lo único que puedo asegurar es lo que yo viví.
Entré a esa casa con un dolor que llevaba semanas acompañándome.
Salí sintiendo un calor extraño en toda la espalda.
Y nunca volvió aquella molestia.
A veces recuerdo la tranquilidad con la que trabajaba aquella señora.
Nunca presumía tener poderes.
Nunca buscaba hacerse famosa.
Solo recibía a la gente con humildad.
Rezaba.
Ponía las manos cerca del cuerpo.
Y seguía con su vida.
Quizá el mayor aprendizaje que me dejó aquella experiencia no fue que alguien pudiera curar con las manos.
Sino entender que el mundo es mucho más grande de lo que alcanzamos a comprender.
Y que hay personas que ayudan en silencio, sin cobrar fortunas, sin anunciar milagros y sin esperar reconocimiento.
Desde entonces, cuando alguien me cuenta una historia parecida, ya no me río como antes.
Simplemente escucho.
Porque aprendí que hay cosas que uno solo entiende cuando le toca vivirlas en carne propia.