“Where did you get that necklace?” Michael’s voice trembled as he stared at the little girl. “That necklace belonged to my daughter…”
FUI CON UNA SEÑORA QUE DECÍAN QUE CURABA CON LAS MANOS… Y SALÍ DE SU CASA SIN EL DOLOR QUE LLEVABA SEMANAS SOPORTANDO.
FUI CON UNA SEÑORA QUE DECÍAN QUE CURABA CON LAS MANOS… Y SALÍ DE SU CASA SIN EL DOLOR QUE LLEVABA SEMANAS SOPORTANDO.
Siempre fui de los que pensaban que esas historias solo existían porque a la gente le gustaba creer.
Mi mamá, en cambio, decía algo que escuché desde niño.
—Hay enfermedades que los doctores curan muy bien.
Pero hay otras donde Dios pone un don especial en ciertas personas.
Yo siempre sonreía.
Nunca discutía con ella.
Pero tampoco le creía.
Hasta que me pasó algo que todavía hoy no logro explicar.
Todo empezó con un dolor en la espalda.
Al principio era una molestia pequeña.
Pensé que se debía al trabajo.
Paso muchas horas cargando cajas y manejando.
Creí que con descansar un par de días desaparecería.
Pero ocurrió lo contrario.
Cada mañana despertaba peor.
Llegó un momento en que agacharme para ponerme los zapatos era un esfuerzo enorme.
Dormía mal.
No podía cargar peso.
Y cualquier movimiento brusco me hacía apretar los dientes del dolor.
Fui al médico.
Me revisó.
Me recetó antiinflamatorios y relajantes musculares.
Durante unas horas parecía mejorar.
Pero apenas pasaba el efecto de las pastillas, el dolor regresaba exactamente igual.
Después probé pomadas.
Compresas calientes.
Ejercicios.
Nada funcionaba.
Mi mamá me observaba sufrir todos los días.
Una tarde me dijo:
—Quiero que me acompañes con una señora.
Yo ya sabía de quién hablaba.
En el pueblo había una mujer muy conocida.
La gente decía que curaba con las manos.
Nunca anunciaba milagros.
Nunca prometía sanar enfermedades graves.
Simplemente ayudaba a quien llegaba buscando alivio.
No tenía consultorio.
No usaba aparatos.
Y lo más curioso era que nunca cobraba una cantidad fija.
Algunos le dejaban un sobre con dinero.
Otros llevaban pan recién hecho.
Fruta.
Huevos de rancho.
O cualquier detalle como agradecimiento.
Al principio me negué.
—Mamá, yo necesito un doctor, no una curandera.
Ella solo respondió con calma.
—Ya fuiste con el doctor.
No pierdes nada con intentarlo.
Acepté más por no seguir discutiendo que por otra cosa.
Llegamos una mañana.
Su casa era muy sencilla.
Tenía piso de cemento.
Un corredor lleno de macetas.
Y el olor a café recién hecho se sentía desde la entrada.
Había varias personas esperando su turno.
Nadie hablaba fuerte.
Todos conversaban casi en susurros.
Algunos llevaban flores.
Otros pequeñas bolsas con fruta.
Mientras esperaba observaba a quienes salían.
No veía gente llorando.
Ni gritando que había ocurrido un milagro.
Simplemente salían tranquilos.
Cuando por fin dijeron mi nombre entré al cuarto donde atendía.
Era una habitación pequeña.
Muy limpia.
Con una mesa de madera.
Un par de sillas.
Y una imagen religiosa sobre la pared.
La señora tendría unos setenta años.
Me recibió con una sonrisa muy tranquila.
No me preguntó qué religión tenía.
Ni cuánto dinero llevaba.
Solo me pidió que me sentara.
Yo esperaba que me revisara la espalda.
Que me hiciera un masaje.
O que acomodara algún hueso.
Pero no hizo nada de eso.
Ni siquiera me pidió que me quitara la camisa.
Solo dijo:
—Siéntate derecho.
Cierra los ojos.
Respira despacio.
Obedecí.
Escuché que caminó detrás de mí.
Sentí sus manos acercarse a mi espalda.
Pero nunca llegó a tocarme.